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23 de junio 2005, 16.30 h, iglesia de la Purísima Inmaculada Valencia (España)
l padre San Rafael, autoridad reconocida a nivel mundial en materia de exorcismos y conocimientos teológicos, estaba absorto en sus oraciones, las cuales utilizaba para, entre otras, recuperar la armonía y el sosiego necesario. Desde hacia algún tiempo se sentía inquieto, se sentía siempre fuera de lugar. Este era la cuarta Casa en el que predicaba, luchaba con demonios y sanaba enfermos. En las anteriores, primero en Jerusalén, después en Francia, de donde que tuvo que huir del infame Felipe IV, y la tercera en Creta, se había visto obligado a fingir su muerte. Así tuvo que hacerlo cuando le fue comunicada lo prolongada que iba a ser su existencia entre los hombres, y en esta, su cuarta espera, la inquietud de espíritu parecía habérsele desbocado.
Acababa de regresar de la sede central de su Diócesis. El obispo no estaba muy contento con él, la postura oficial de la Iglesia en ciertos asuntos era totalmente contraria a los trabajos del padre. Varias veces había sido amenazado con toda clase de suertes, esta vez la amenaza se cumplió, y la orden que se le dio fue tajante. “Abandonara su parroquia y se trasladara a una algo más humilde en el culo de la provincia”.
Estaba haciendo su maleta, y asomándose por la ventana decidió que serían las cuatro y media de la tarde. Fue en ese mismo momento cuando pudo oírse un terrible y estridente aullido, tan estridente y poderoso que había conseguido reventar aquellas vidrieras casi tan antiguas como las piedras del convento. Rápidamente, todos los sacerdotes que pudieron escuchar tan aterrador sonido acudieron al lugar de donde parecía haber salido, y encontraron que el padre San Rafael estaba inerte, no respondía, y aunque tenía pulso y respiraba, parecía estar muerto.
23 de junio del 2011 (Jerusalén). El Doctor Jacob estaba sentado frente a su ordenador, y lo que acababa de descubrir le había dejado frío como el hielo, su respiración parecía haberse parado, para de pronto continuar como si intentara coger el último aliento antes de ahogarse.
Llevaba seis años en la investigación de un programa informático, en él, usaba como base unos antiguos manuscritos escritos en hebreo aparecidos años atrás. Aquellos textos le fueron facilitados por sus antiguos amigos de infancia, de correrías juveniles, de servicio de armas, de pupitre, y por último, de docencia en la universidad. Aquellos textos le vinieron como llovidos del cielo, eran tan antiguos y tan originales que letras y números se representaban por igual, formaban un conjunto perfecto para su estudio, pero lo que comenzó siendo un mero proyecto, acabo absorbiéndole de tal manera que a los seis meses de iniciarlo había abandonado la docencia, ya no daba clases ni conferencias, y durante seis años se había dedicado de lleno al proyecto habiendo abandonado todo aquello que no fuera comer y dormir, se había convertido en un autentico esclavo de su programa.
Él era matemático, informático y hombre de ciencia, y lo que acababa de descubrir era del todo imposible, pero no obstante ahí estaba, el programa informático que intentaba crear para resolver problemas matemáticos imposibles, había dado una respuesta, a todas luces, imposible.
Tras unos momentos difíciles decidió salir de la casa, tal y como tenía por costumbre cada vez que lo vivido tiempo atrás invadía el presente royendo su cuerpo y su alma, tal y como para su desgracia ahora le ocurría. Cogió su bastón y salio a la calle, pensó que seis horas seguidas frente la pantalla de aquel ordenador, al que a veces incluso hablaba como si esperara respuesta, le habrían nublado el raciocinio, pero tal pensamiento lógico no impidió que tanto sufrimiento acudiera a él como buitre a la carroña, y éste no devoraba su carne, era su mente, su corazón y su alma lo que parecía ser devorado.
Paseaba sin ningún destino, es más, daba la impresión de estar completamente solo, ni siquiera se percato de las sirenas de ambulancias, bomberos y policía que indicaban que algo terrible había ocurrido, en sus pensamientos, solo aparecían recuerdos traídos por lo que la pantalla del ordenador le había mostrado. Pensaba en su mujer, fallecida tras una larga agonía provocada por una enfermedad en los pulmones, al igual que su propia madre, que tras toda una vida dedicada al oficio de hacer pan y dulces murió de una terrible pulmonía.
Pensaba en su hijo, fallecido en un atentado terrorista cuando solo contaba con 14 años, pensaba como su padre, un conocido rabino, intento consolarle hablando de Yavéh y que Isaías, que así se llamaba su hijo, estaría a buen seguro con Él.
Tras más de media hora, aquel buitre fue abandonando su estomago, su mente, y su corazón, así que tomo el camino de regreso. Cuando entro en casa, Ariel, la mujer encargada del cuidado de la misma lo recibió alterada,
-¡señor estaba preocupada por usted, no sabía si se encontraba bien y además varios colegas suyos le han llamado varias veces! Hablaba sin pausa alguna y con una rapidez fuera de los normal.
-A que se debe tanta preocupación Ariel, solo he salido a tomar un poco el aire, cálmese y cuénteme que ha ocurrido.
-No se ha enterado usted señor?, no ha oído lo ocurrido?, como es posible, ha…
-Vamos Ariel cálmese – dijo el doctor en tono dominante a la vista de la alteración de Ariel – que es lo que ha ocurrido.
-Señor, ha estallado una bomba en la Universidad, las noticias hablan de mas de 20 muertos
La mente de Jacob se quedo en blanco, tan solo palabras sin conexión entre si le llegaban, explosión, universidad, 20 muertos.
Dios mío – exclamo – y a la carrera se dirigió a su despacho, el cual parecía haberse convertido en la única estancia de la casa. Su intención era coger la agenda telefónica y localizar el teléfono particular de su viejo amigo y Rector de la Universidad, la Universidad a la que se refirió Ariel y en la que tantos años de su vida había estudiado, y trabajado, la Universidad en la que tantos amigos tenía, la misma Universidad que había volado por los aires.
Entro en su despacho y de pronto toda aquella tragedia pareció pasar a un segundo, tercer o cuarto plano, ahí en la pantalla del ordenador estaba de nuevo, como si de un sicario, apuntándole con la sica el lugar del gaznate que le iba a rebanar primero, se tratara.
El teléfono le hizo volver en si, - ¿quien es? –preguntó–
-Jacob soy Dodanim, gracias a Dios que estas bien, tengo que darte una mala noticia presta atención por favor no tengo mucho tiempo.
-Dodanim- Estaba reunida la promoción para ver a quien invitábamos como conferenciante para los cursos de verano de este año, alguien entro en la sala e hizo estallar una bomba.
En ese momento se hizo un silencio inquietante, Dodanim no parecía tener fuerzas para seguir narrando lo ocurrido y Jacob no parecía atreverse a preguntar, tras unos segundos que parecieron minutos el silencio se rompió, y no fue lo único.
- Todos han muerto Jacob
-¿To.., todos? pregunto Jacob cayendo de rodillas al suelo
- Todos, -respondió Dodanim- voy a tu casa Jacob, haz el favor de no moverte de ahí, por favor no te muevas, en quince minutos estaré contigo, he llamado a Tak y se dirige a tu casa, no dejes entrar a nadie más –el tono con el que su amigo le hablaba parecía anunciar que las desgracias no habían acabado, pero Jacob no tubo fuerzas siquiera para colgar el teléfono, estaba de rodillas con la mirada perdida, de sus ojos las lagrimas le impedían ver, si es que hubiera estado mirando algo.
La promoción, a la que Dodanim se refería, era el grupo intimo de amigos con los que había crecido, con los que había madurado, con los que había luchado en el ejército y con los que se había formado en la Universidad, matemáticos, teólogos, físicos, informáticos. Había sido aquella una promoción especial, cada uno en su campo estaba considerado a nivel mundial, sus trabajos, sus conferencias, sus discursos tenían eco inmediato, tanto en el mundo científico como en el teológico, las universidades de todo el mundo intentaban contratar sus servicios, y una vez al año la promoción se reunía para analizar quien debía ser la persona elegida para dar una conferencia en la universidad en la que se habían formado y de la que nunca habían tenido intención de salir.
- Buenos días Ariel, -saludó Dodanim cuando ésta le abrió la puerta - ¿Dónde esta?
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